a Hay momentos en que una página en blanco puede parecer el más terrible enemigo; otras en cambio se muestra como el mejor amigo que nunca soñaste: te escucha, te comprende y te permite decir cosas que a nadie más contarías. Nos permite soltar la fiera que todos llevamos dentro y dejarla pasear un rato, a fin de calmarla de puro agotamiento. Pero una vez que empiezas, el camino te lleva a los lugares más recónditos de tu mente, en un viaje por sentimientos que en muchas ocasiones, creías enterrados. Y te acuerdas de cosas como el primer beso, las gotas de lluvia en tu ventana aquella melancólica tarde de Julio, tirada en cualquier rincón, las luces del árbol de noche, viendo una película en el sofá agazapada entre tus brazos, una melodía al piano, por cortesía de un gran amigo, rodeado de amigos y amores... momentos felices sin duda, muy felices.
Y quizás hoy sea día de escribir cosas alegres, como ya dije, uno no elige de que hablará, sino que las palabras le conducen ilógica y frenéticamente, en busca de algo que no saben bien qué es, pero que está ansioso por salir a la luz. En busca de la verdad que atañe a las palabras de hoy, es menester que diga que se trata de la alegría. La felicidad embriaga hoy mis palabras, y no sé siquiera muy bien por qué, pues nada ha ocurrido hoy en mi vida que sea motivo de júbilo, más debe ser uno de esos inexplicables días felices que nos ayudan a sobreponernos en los que no lo son.
Quizás por ello escribo hoy, para recordarme a mí misma y todo el quiera leerme, que también hay días buenos, que existen momentos de película en los que cada cosa parece estar en su sitio, de la misma forma en que el mundo parece sosteners en equilibrio con el cosmos, nuestro propio universo, de vez en cuando, se alinea, permitiéndonos un rayo de esperanza que nos dota de una inmensa pero efímera felicidad.